domingo, 13 de marzo de 2011

Domingos

Fuckencio Ingenuez era un ciudadano cualquiera, como tú y como yo, es decir, jodido. Fuckencio era bastante infeliz, para qué negarlo, pero aún así conservaba sus momentos de lucidez. Tanto era así que veneraba los domingos sobre cualquier otra cosa, de forma totalmente lógica. No era devoto, ni siquiera se podría decir que creyera en dios, más que de una forma totalmente banal e incuestionada. No, los domingos hay algo mucho más sagrado, el deporte.
Porque si un lugar encontraba Fuckencio para librarse de sus problemas era ver a su equipo todos los fines de semana. A su equipo, al rival, y algún otro partido interesante también, por descontado. En esos momentos era cuando más feliz se sentía, sintiendo que de esa forma se olvidaba de todos sus problemas. Nada de preocupaciones ni de enfados.
Así era, pese a que Fuckencio no pudiera evitar pensar que algunos de sus ídolos ganaban en un mes casi mil veces su sueldo. Ese sueldo que, por otro lado, le traía de cabeza y hacía que se empufara con su banco, bien publicitado eso sí por otra sonrisa de uno de sus jugadores. Seguía siéndolo a pesar de que cada vez que oía hablar de un romance de aquellos jugadores con una supermodelo, él no podía dejar de pensar en su insípido matrimonio, y eso que no sabía que su mujer pretendía pedirle el divorcio. Cada celebración de un gol, por otro lado, le hacía acordarse de su hijo, que ni les visitaba, ni les apreciaba lo más mínimo. Debía, se dijo, pedir en su testamento que acudiera a su funeral para, al menos, guardar las apariencias.
Pero, si algo sí que conseguía sacar un domingo de sus casillas a Ingenuez, eso era precisamente qeu su equipo perdiera.

miércoles, 9 de marzo de 2011

No la recuerdo demasiado bien

Tan solo siento como propias ahora sus caricias, aquellas que en íntimo silencio le robé. Esas, de las que guardo en preciado baúl las formas. Cómo los pequeños dedos se deslizaban sobre mis brazos, dibujando cada una de sus tenues líneas, grabándolas en el falso fuego que hacía mi vello erizarse. Aquél crujir de mi espalda cuando sus pequeñas manos, traviesas, se colaban bajo mi camiseta tímidamente, dibujando entre mis vértebras una espieral de requiebros que me hacía estremecer. Así también recuerdo el caer, como de rocío en tierna hoja, en que deleitaba las yemas de mis dedos en sus costados, aprehendiendo cada sensación que de su piel se desprendía. La frescura de sus manos, que se empequeñecían entre las mías, pese a lo grandes que fueran las sensaciones, la calidez de las caderas y el laberinto de su pelo, que entre mis dedos de deslizabal como un guante negro.
Añoro también los abrazos. Aquellos instantes en los que no era yo, no era nadie más que un punto unido a otro punto, y al mismo tiempo inmenso. Sé de sobra que un punto no puede ser inmenso, de hecho es infinitesimal, pero cuando la escala son emociones, el techo del cielo está mucho más alto. Y seguiré subiendo mientras aún me queden escalones que me lleven a donde aún no estado.
Pienso también en sus labios, ¿de qué modo podría no hacerlo? Pienso en cómo se curvaban deliciosamente en una sonrisa, y en cómo, cuanod esta se escondía, picaba a su puerta con la punta de los dedos hasta que me abriera. Siento casi como se posaban gracilmente como una mariquita, roja y graciosa, sobre los míos. Como se iban abriendo lentamente en una suerte de placentera impaciencia y cómo, en la inspiración previa, su olor inundaba mis pulmones que encantados la acogían. Instantes después se rozaban las lenguas, preguntándose, reconociéndose, mostrándose. No tengo muy claro cuál preguntaba a cuál antes de empezar un baile que se hacía frenético, impulsivo y voraz, consumiendo todos los momentos anteriores en uno solo. Todo esto para devolvernos de nuevo al principio, labio tímido sobre labio tímido.
Tengo presente su mirada. Esquiva, dulce, viva. Cómo me seguía o se desviaba, cómo iba y venía de mis ojos a los suyos un rayo de mutuo reconocimiento o el añoro de una mirada más. Recuerdo cómo se debatía, indecisa, entre mis ojos y mis labios, ora uno, ora otro, hasta dar en el punto medio de otro beso, abandonando el principal de los sentidos para ahogarse en lo profundo del resto.

...

¿Que qué no recuerdo?

No recuerdo por qué no la secuestré.

Recuerdos

-Lo recuerdo como si fuera ayer.
-¿Y no fue ayer?
-Ya estamos jodiendo otra vez, pues claro que fue ayer, ¿no ves que hoy estoy de resaca?
-¿Eso te da derecho a equivocarme?
-Pues... a decir verdad me da motivo, derecho ya tenía, aunque algunos se lo tomen como una obligación.
-Tan vanidoso como siempre...
-De momento no tengo nada nuevo de lo que presumir, no te preocupes que si eso cambia seré más vanidoso, la impaciencia mata.
-Menos mal que el orgullo no.
-En pie sigo, como ves.
-Mmm... bueno, ¿y qué es lo que recuerdas? ¿No decías que tenías resaca?
-Joder... ni que la resaca me impidiera recordar.
-¿No lo hace?
-...
-Ves.
-Aún puedo recordar cómo miraba, cómo besaba, cómo sabía...
-¿Sí? ¿Y cómo?
-Pues lo cierto es que siempre dejaba el regusto del papel añejo, ese de libro de segunda mano. Sentías al mirar cómo te devolvía la mirada, a veces dormido, a veces despierto, y siempre te dejaba una caricia cuando te acercabas...
-Definitivamente llevabas demasiado tiempo sin publicar.
-Ni que lo digas.

jueves, 2 de diciembre de 2010

¿No es cómico?

Entró el payaso en la sala llena de niños.
-¿Qué os gusta niños?
-¡Un unicornio! -dijo uno.
-¡Caramelos! -intentó imponerse otro.
-¡Dinosaurios! -agregó interesado un tercero.
-Los payasos muertos... -dejó ir uno más.
El payaso se pegó un tiro y murió.
El niño se murió de risa en medio de un pegajoso y semicoagulado charco de sangre de payaso.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Trets al cor

De su humilde corazón caían dos gotas, negras, negras. Negras como la pez, heladas como el rocío de cuando el sol arrebujado en abrigo de nubes rompe por el horizonte. Aquellos finos cristales, puro hielo, resbalaban por arterias que las recibían encogidas, ateridas del glaciar sentimiento que las acompañaba. Su temblor reverberaba como el necio encogerse de piernas ante el ser querido, pero en desigual temperatura. Sufrían su suave paso, su etéreo contacto, tan físico como insustancial, tornando en témpano el cuerpo.
Lenta era esta transformación, lenta como los latidos del agonizante. Crujían los músculos con el graznido de algo muerto, se enlentecían en la letanía de sombras y el desmigajarse de todas y cada una de sus fibras. Padecían los esterterores del oprobio no escrito los tendones, que se agarraban a una mueca fija, esteril por inmóvil. El cerebro, fuente de ímprobos desmanes e ideas de contrabando se afincaban en lo usual, cotidiano y aburrido.
Y por fin, las lágrimas volvieron al corazón, monstruo en letargo que, quizá, algún día vuelva a despertar.

martes, 30 de noviembre de 2010

A vosotros, los ellos

¿Qué sabéis vosotros
necios, sordos, avinagrados?
¿Qué creéis conocer
absurdos intentos de personas?

El frío os llena y colma
de vanidad el pellejo,
firmes se ajustan las gomas
de hipocresía en el pelo.

¡Ya cantan las pléyades vuestros desmanes!
¡Aún se escriben veladas las verdades!

Vuestro arrebujado corazón,
músculo de atrofia y deseo,
en venas de cava sirve
sucedáneos sentimientos.

Por una arroba de suerte
darías del alma el peso,
por evitar a la muerte
moriríais en el proceso.

Y es que el señalar ya mata,
callando de honestidades,
lo que expresais con el habla:
contradicciones formales.

Acaso sea el miedo,
o el exceso de valor,
que os dejan juzgar al mundo
excluyéndoos.

En sangre estanca muráis,
pues de sangre estanca venís,
y si de bilis tragáis
no me roguéis a mí.

lunes, 1 de noviembre de 2010

El pulpo de dos brazos

Os voy a contar, como hiciera mi madre conmigo, la historia del pulpo de dos brazos.
Como no puede ser de otra manera, esta historia empieza con nuestro querido protagonista apareciendo por arte de magia (esta no es otra de esas historias sórdidas que se recrean en tentáculos y gónadas) en el mundo. Y así, él, rodeado de sus semejantes, los veía y se veía. Se sentía diferente a ellos, sí, pero no por ello peor. Ni ellos lo pensaban. Todo era como querría nuestra ex-querida Bibiana Aido (o al menos como debería haber querido), un mundo multicolor de felicidad y piruletas.
El querido pulpo (no os desviéis del tema) pronto descubrió las maravillas de la vida, y se vio rodeado de cosas bonitas. Cosas bonitas para los pulpos, tampoco vio uno de nuestros preciosos monumentos (aunque quizá así fuera mejor para él). Estando en esto, quiso cogerlas. Extendió su brazo y ¡plop! en su poder tenía una brillante concha, algo nacarada por dentro, sin duda un tesoro. El pulpo estaba contento con su tesoro, pero de pronto vio para su disfrute una moneda antigua, algo oxidada, pero bonita, y la cogió también. El pulpo enseñaba orgulloso sus dos pertenencias a todo pulpo que veía, y ellos contentos también le mostraban las suyas.
La vida siguió así, hasta que el pulpo vio un bonito trozo de coral. Sin pensarlo siquiera, el cerebro del pulpo dio la orden de cogerlo. Apenas entrado en su regocijo, el pulpo vio que había perdido su concha. Alarmado, la cogió de nuevo, pero ahora desaparecida estaba la moneda. Cuando tuvo la moneda, el coral volvía a estar fuera de su alcance. Y así siguió, alternándose a duras penas para poder mantener lo que tenía y tanto le gustaba.
Su encuentro con un trozo de porcelana derivó, de un modo semejante, en más problemas para el pobre pulpo, que apenas conseguía apañárselas. Con tesón, sin embargo, fue llevándolo a buen puerto. Pero poco a poco, el pulpo se iba pareciendo más a un malabarista que a un verdadero pulpo.
Su cerebro, diseñado para tener ocho brazos, le iba jugando malas pasadas, mientras se veía al pulpo atareado, sin tiempo siquiera para distraerse.



¿El final?
Ah, no, no me gustan los finales tristes, y a vosotros tampoco, así que aquí se acabó.